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El domingo, en el fondo, siempre había sido
un día algo triste por una razón tan sencilla como la de ser la víspera del comienzo de
la semana laboral. Sin embargo, hace unos años, quizás ya más de la cuenta, al no
existir el descanso del sábado o sólo existir el sábado por la tarde como mucho, se
hacia un día más deseadamente feliz.
Por esos tantos recuerdos de Cine, el
domingo por la noche, de mi Cine, del de tantos como yo: el «Cine Colomer».
Su privilegiada situación dentro del
pueblo, le hizo ser el líder porque, eso sí, nuestro pueblo siempre fue muy cineasta, y
hubo épocas en que convivieron hasta tres salas o mejor recintos porque alguno era
exclusivamente de verano: mas este que yo evocó aquí, ha ganado la palma, al menos en mi
época, en la edad de los Beatles, el transistor, y los planes de desarrollo...
¿Había algo más misterioso y encantador que el
Cine? Chiquillos, jóvenes, novios, matrimonios, familias enteras, acudíamos domingo tras
domingo a la cita obligada.Según fuese la calificación moral de la película.
En aquella época de dictadura
(que si en algo era férrea, lo era especialmente con la cultura), uno de nuestros
principales divertimentos era sortear las prohibiciones de asistencia de los menores,
incluida la resistencia de nuestros padres y así pudimos ver algún beso que otro en los
labios escamoteado de no se sabe donde, que nos hacia pellizcarnos de emoción para
saber si soñábamos o estábamos de verdad en el cine.
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La sala adquirió diversos
aspectos a lo largo de esos años. En los últimos tiempos estaba revestida de una tela
azul añil inolvidable. Era bastante alargada y la presidía un escenario preparado para
representaciones teatrales (en realidad era un Cine-Teatro por sus condiciones).
A la entrada, el vestíbulo con el ambigú,
los servicios y una colección de carteles y fotografías de artistas, entre las que
recuerdo a Paco Rabal, Arturo Fernández y Carmen Sevilla, compartiendo con John Wayne y
Lizt Taylor su inolvidable olor, perfumado por un ambientador cotidiano, junto con el
sabor de las palomitas y aquella gaseosa especial, llena de burbujas, que no siempre
apetecía y que a veces se compraba más como rito obligado que como un deleite.
La inquietud cultural de su propietario, con
su imagen permanente en el local, atento al devenir del espectáculo, o colaborando en las
labores del mismo, así como la del taquillero, entrañable y popular como pocos, o la del
reportero y acomodador, (según conviniera), o el maquinista, forman parte ya de la
historia reciente del pueblo a los que quizás no demos demasiado valor en este ir y venir
trepidante en que nos hemos metido, pero que contribuyeron, al igual que tantos otros, al
desarrollo cultural y social del pueblo.
Hubo días glorioso en el cine que como
es lógico coincidían con los estrenos de las grandes producciones de Hollywood. No hay
más que recordar, como ejemplo los Diez Mandamientos o El Cid. Las colas ante las
taquillas eran tremendas... y la expectación en el pueblo superaba todo lo previsible.
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Eran los años en que España
comenzó a despegar económicamente y los plásticos, el gas butano y las ventas a plazos
nos invadían prestándonos un mundo desconocido, que aparentemente nos sacaba de la
pobreza...
Pero, por desgracia, la pobreza no la
quitaba el cine, aunque quizás la hiciera más llevadera, sobre todo para aquellos
chavales que, de alguna manera, se «colaban» en la Sala, o «cobraban en especies» los
trabajillos que hacían para la empresa.
En estos años también, y con una
innegable preocupación por todo lo que significa arte, en la época quizás más fértil
económicamente hablando, durante la recolección de aceitunas se llevaban Compañías de
Teatro, entre las que destacaban las de Julio Arroyo y Manuel de Benito.
Pero aún se celebraban otros
espectáculos de gran aceptación popular la Niña de la Puebla, Juanito Valderrama,
Farina, Marchena, Manolo Caracol, Antonio Molina y un largo etc. hacían las más puras
interpretaciones del cante jondo y de la copla.
El cine, nuestro cine de Colomer, siempre
fue foro, casi permanente, de cultura y de arte y por eso los mayores de entonces
y sobre todo los niños y jóvenes de aquella época que conocimos la fantasía, la
ilusión, la ternura, la amistad, el dolor y el amor entre aquellas enormes paredes
enteladas debemos rendir un homenaje al Cine, al de ahora y al de siempre, al de aquí y
al de allí, pero especialmente al que nos dio calor y humanidad, al que nos dio lo que
seguramente nos faltaba en la calle... al que nos enseñó en suma a vivir, un poco más y
mejor: el cine de mi pueblo y especialmente, en mi infancia y juventud, el que dirigió D.
Miguel Colomer.
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