
por Miguel Colomer Hidalgo
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Doña
Adela, doña Pepa, doña María y la cuarta llamada doña Clotilde, las
cuatro y cada una a
la docencia entregadas. Hubo
un tiempo en que todas,
aun
estando jubiladas de
las cuatro la mitad impartían
la enseñanza. Las
mayores a pequeños, las
pequeñas a mayores. |
Por allá va doña Adelacon
doña Pepa del brazo, con
su abrigo gris cruzado, los
botines por calzado y
hasta mitad de la pierna calcetines
“Punto blanco”. Corriendo
hacia ella vamos, uno,
con mocos colgando, el
otro, lleva la boca pegotosa
y churretosa de
caramelo de anís, el
tercero come pipas... Como
se descuide un poco se
las tira a la nariz. A
los tres nos pone firmes y
uno a uno, en la frente nos
va colocando un beso. Doña
María es teresiana y
al dirigirnos a ella le
llamamos Señorita. Comienza
por la mañana con
el a, e, i, o, u y
termina por la noche con
Calasanz, Esaú, Pitágoras,
Aristóteles, Santa
Teresa, Nerón, Fernándo
III el Santo, Don
Lope o Calderón, con
el Manco de Lepanto y
los Papas de Avignon... No
quiero seguir la lista, que sería interminablede
todos los personajes que
todas, todas las noches aparecían
en escena. Esa,
esa era la hora en
que acababan las clases: a
la hora de la cena. |
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Así
era doña María, apenas
se da un respiro. Trabajaba
noche y día, prolongaba
su retiro Al
final de la semana abría
una libreta donde
llevaba anotado lo
que cada cual debía, a
eso llamaba “pendientes” y
no era ni más ni menos que
la lección seis o siete que
no te supiste el martes o
la página catorce del
libro de catecismo. Después
de Misa de doce había
que pagar la deuda y
vestido “de domingo” cuando
entrabas por la puerta le
decías: “me la sé” -Vamos
a ver, te decía: te
la tengo que tomar. Y
de la A a la Z apenas
sin respirar, recitabas
la lección, casi
al pie de la letra. -Te
puedes ir a jugar, ten
cuidado, no te manches, recuerdos
a tus papás. Alguna
vez se mostraba un
poquito cariñosa y
me regalaba un trozo de
la onza de chocolate que
se tomaba a las once. Otras
veces sonreía y
te dejaba algún día sentarte
junto a su mesa para
calentarte un poco en
el brasero de cisco mezclado
con carbonilla. |
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También
era diversión beber
agua del porrón y
la risa que nos daba de
ver todo chorreando a
aquellos que no sabían alzarlo
y beber a caño. Próximo
a la Navidad hacíamos
un cuadernillo en
el que íbamos pintando el
Belén, un pastorcillo... y
después en cada hoja un
regalito al Niño. Si
era una camiseta: “doce
actos de silencio”. Dibujar
unos patines: “treinta
momentos de estudio”. Y
si era una bufanda: “veinte
veces obediencia”. Se
llamaba todo ello, rotulado,
“Plan de Adviento”. Cuando
mayo florecía tras
un fondo azul de raso montábamos
un altar con
la imagen de una Virgen que
aún no he podido olvidar. Los
botes de mermelada apoyados
en repisas se
comienzan a llenar de
jazmines, lilas, rosas que
traen prietas en sus manos coloradas,
sudorosas... recordando
el consejo que
su madre les ha dado: “apriétalas
con cuidado, no
se te caiga ninguna...” Rezábamos
el Rosario y
el “Venid y vamos todos” la
mayoría de las veces bastante
desafinado. Los
pupitres de madera, el
tintero emplomado, la
plana de cada día con
el plumín emplumado, la
“guchilla” de hacer punta al
lapicito encarnado. La
pizarra, el pizarrín, el
trapillo de borrar no
sin antes escupir. Los
habones de las chinches, de
moscas, unas dos mil, algún
cachete que otro. Las
cosas eran así... Ni
lo bueno, ni lo malo tenían
mucho sentido. De
cualquier modo y manera me
uno al reconocimiento de
quienes como yo sientan ese
agridulce recuerdo y
que sepan valorar tan
insuperable esfuerzo de
aquellas cuatro mujeres que
con aciertos y errores DESFACIERON MIL ENTUERTOS...
Junio 2001, Miguel Colomer Hidalgo
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Página actualizada el 18 del 6 de 2001 |